La historia de Vanesa.

Vane queria contar su historia, tal vez te parezca a la tuya, a la mia, a la de tantas parejas que estamos en esta búsqueda infernal. Ella vivió lo que en un momento hablamos acerca del "POSITIVO". Como es que hay que tomarlo entre comillas, con pinzas, siempre pensando que es un gran pasado pero el primero que se da.

Vane, estas cerca, si se dio una vez se puede volver a dar otra vez, me alegra que estén comprometidos con los tratamientos que seguramente los van a ayudar mucho!

Fuerza y a seguir! Gracias por contar tu historia en este blog!



Hola, mi nombre es Vanesa P. y tengo 35 años. Vivo en interior, en una pequeña ciudad.

Soy docente de nivel secundario.

¿Lo que más me gusta? Leer, escuchar música, compartir con mis seres queridos, recorrer nuestro hermoso país (y nuestra América: mi sueño es visitar Macchu Picchu, hacer el “camino del inca”, ¡espectacular!). En las últimas vacaciones descubrí que también me gusta coser (comencé con la máquina de mi suegra, ¡¡y no me va tan mal!!!).

Qué es lo que no me gusta: los dobles discursos, el desgano contagioso…

Antes de empezar a contarles mi caminar en la senda de la infertilidad, les comento que siempre fui una mujer muy independiente y organizada. Me propuse metas que, con esfuerzo, las fue cumpliendo: finalizar una carrera, lograr la estabilidad laboral, cumplir con una especialización universitaria, conocer al hombre de mi vida y casarme con él, tener nuestra propia casa.

Hasta aquí, la superpoderosa… jaja… Así me sentía. Con mi marido, un año mayor que yo, nos conocimos hace diez años y nos casamos hace un poco más de cinco. Él siempre quiso tener hijos, y muchos (quizás porque fue hijo único), yo también, pero dos me parecían bien. Fantaseábamos con el tercero, que sí, que no… Pobres ilusos nosotros…

El caso es que, recién casados, decidimos postergar la búsqueda un añito o dos más, ¿qué apuro había? Teníamos previsto algún que otro viajecito, mi carrera universitaria, en fin… Quería cerrar ciertas etapas para comenzar, cuando “yo” quisiera (ahora me río más de mí misma) la de la maternidad.

Y llegó el momento en que dijimos: ahora sí. Fui al ginecólogo, me hice todos los controles, dejé las pastillas, y ¡¡¡listo!!! Eso fue por marzo de 2010.

Pero mes a mes, la ilusión se desteñía… Pasó un año y consultamos con el médico, por primera vez le pidió a mi esposo un espermograma, que dio pésimo. Derivado a un urólogo (no hay andrólogos por aquí), comenzó con los famosos sobrecitos de contenido repugnante que todavía hoy toma. A mí, nada más que los típicos consejos: relájense, ya va a llegar… Pasaba el tiempo y nada de nada… Decidimos consultar con un ginecólogo de una ciudad vecina que se autoproclamaba especialista en fertilidad… Ahí empecé con mis análisis hormonales, los básicos, y todo bien. Otro espermograma de mi maridito: bastante bien, había mejorado. Así que, “a hacer horas extras” era la prescripción médica.

Seguimos la receta y nos divertimos bastante, jaja… Pero todos los meses la misma angustia. Para hacerla corta, volvimos varias veces al mismo médico y chapaleábamos siempre en lo mismo… Es angustiante, para quienes buscamos una respuesta, sentir que aquel a quien depositamos todas nuestras esperanzas se limite a sonreír y recomendar “horas extras”, porque “todo está bien”…

Hasta que se produjo el milagro… fue en enero de 2013. Tenía uno o dos días de atraso, pero ni me quería ilusionar porque había llegado a tener retrasos de cuatro días… y nada. Estaban mis sobrinitas en casa, de vacaciones, recuerdo muy bien que abrí el cesto de la basura y (aunque no era nada del otro mundo) el olor me causó unas náuseas que nunca había experimentado… ¡Uy!, dije… ¿qué es esto? ¿No estaré…? Y ni quise seguir la pregunta, menos pensar la respuesta… Pasaron unos días y el atraso seguía, además iba al baño a cada ratito a hacer pis… Yo nunca he sido así. Cuando llevé de regreso a las chiquitas a su casa, pasé por la farmacia y me compré un test. Llegué a casa y tenía un miedo tremendo de hacerlo… Mi marido me convenció y me esperó en el comedor… Yo en el baño… Minutos que se estiraban, eternos… Hasta que por fin las vi: dos rayitas… Quedé pasmada. Por unos minutos no pude hacer más que mirar el palito, las dos rayitas, y llorar… Hasta que escuché un par de golpecitos suaves, mi marido preocupado: ¿Estás bien? Sólo atiné a salir y arrojarme en sus brazos, estuvimos así no sé cuánto tiempo, llorando los dos… Un mundo nuevo se abría ante nuestros ojos, ¡qué felices nos sentimos!!! Yo, particularmente, me sentí tan “poderosa”, me decía: ¡ahora sí lo logramos! ¡Nuestro bebé en camino!!! Nueve meses, y en nuestros brazos… Buscamos un calendario y calculamos las semanas, la fecha probable de parto, “discutimos” sobre si sería nena o nene, si queríamos conocer o no el sexo antes del nacimiento… Al día siguiente, navegué todo el día por la web: info sobre embarazo, cuidados, alimentación, cunitas, decoración del cuarto, ropita… Qué ternura… Qué hermosos días de verano…

Hasta que un sábado a la noche, después de una reunión con amigos, tuve una pérdida. No quise llamar el médico a esas horas, así que pasamos una noche de terror, no pude dormir ni un segundo. El domingo, en una hora que me pareció prudente, lo llamé. Me indicó progesterona, empecé a tomarlas y tenía un efecto tremendo: la media hora posterior andaba que me desmayaba y que no, re-perdida, mi esposo decía que parecía drogada, jaja… En la ecografía que me hicieron el lunes (después de pelear con la secretaria, que no quería darme un turno así, sin anticipación, ¡como si se pudiera prever algo así!!) el ecógrafo me dijo que se veía el saco gestacional, pero no todavía el embrión. Pero me tranquilizó diciendo que quizás era muy pronto (semana 8). Debía volver en siete días.

Ni hablar de lo que fue esa semana. Las únicas personas que sabían todo eran mi mamá, mi hermana y mi mejor amiga. Les conté y con toda la mejor onda me dijeron que no me preocupara, que todo saldría bien, y yo les creí. Mejor dicho: quise creerles. Después de tantos tropiezos, por fin estaba embarazada y nada podría salir mal… No, todo iba a estar bien… Me convencí de eso.

El sol brillaba como nunca esa mañana en que me hice la segunda ecografía… Mi marido al lado y la pantalla al frente… Y ver ese hermoso saquito gestacional: negro, vacío, sin el latido de la vida… Ni recuerdo lo que me decía el doctor, yo tengo grabada esa maldita imagen en blanco y negro, con esa tristísima mancha negra… Desde ese momento no pude detener mis lágrimas. El sol espléndido de enero me pareció una bofetada, una burla… Caminé como zombi hasta el auto, ni una palabra con mi marido, sólo íbamos tomados de las manos, fuertemente. El viaje hasta casa fue un túnel de angustia. Y llegar al dormitorio, cerrar todas las cortinas y tirarme en la cama, para hundirme en mi infierno, en nuestro infierno, porque escuchaba también los gemidos de mi esposo a mi lado… Era la tardecita cuando agoté el caudal de lágrimas y me quedó la angustia como aserrín el alma.

Me hicieron un legrado el día 15 de febrero (justo después del día de los enamorados, qué ironía). Ni un mes había durado nuestra felicidad. Y aunque me digan que fue un embarazo anembrionario, yo sé que mi bebé estuvo en mí unos días, unas semanas, sé que lo acogí en mi vientre, un vientre de cuna que, a mi pesar, se transformó en vientre de tumba… Y que es un angelito del cielo. Todavía ahora lloro por él, por lo que no fuimos, por este sufrimiento que nadie puede imaginar… Para ir sintetizando: viajamos unos 350 km para hacer consulta con una doctora, fuimos unos meses, me hicieron una laparoscopía por un pequeño quiste y este año, enero y febrero, hicimos inducción ovulatoria con relaciones programadas. Cambiamos de especialista por otra que nos cubre la obra social, ahora estamos yendo a Rosario (6 horas y media de viaje…) y estamos satisfechos. Nos pidió estudios que nunca antes nos hicimos (por ejemplo, la FSH y la HAM, que por cierto me dieron un poquito mal) y cuando tengamos los últimos resultados, lo más probable es que vayamos a FIV. Pero hay que tener paciencia… sobre todo por la burocracia de las obras sociales… Espero que podamos hacerlo en julio o agosto de este 2014. ¿Qué aprendí de todo esto? Que amo a mi marido más que a nadie en el mundo, que todo esto nos fortaleció, que tengo una estrellita en el cielo que siempre va a brillar para mí, que no todo en la vida se puede planificar, que en realidad todos los demás logros en la vida (carrera, trabajo, posición económica), aunque nos dan alguna satisfacción, nunca van a darnos la plenitud que deseamos, la felicidad de tener la “carne de nuestra carne” en brazos, acunarlo, amamantarlo, ayudarlo a caminar en la vida…

Sobre todo, aprendí que la vida es impredecible, que “el hombre propone y Dios dispone”, pero eso no me lleva a bajar los brazos. Por el contrario: sé que lo vamos a lograr, que toda esta lucha va a valer la pena.

Por último: ¿cómo conocí este blog? La verdad no sé, entre tantas cosas que buscaba en internet llegué a él y me cautivó. Lo leí completo en una tarde y, como dicen otras chicas, me hice “adicta”, porque vos, Maru, lográs poner en palabras todo este “revuelto” (te robo la palabra) que vivimos en este mundo tan especial que nos tocó. ¡Mil gracias por eso! Y por abrir este espacio a otras voces.

¡¡¡¡A seguir peleando por nuestro milagro, leonas!!!!
Maru - Que me Parta un Milagro
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